Lágrima de sangre
Lo malo de la pintura abstracta
es que hay que molestarse
en leer el título de los cuadros
Óscar Pin
Una gota de sangre en la nieve.
«La esperanza pintada, y las bellas ideas perdidas nacían sumidas en tu ausencia», se dijo. Nada detuvo a Kandinsky en su viaje abstracto hacia el frío. Sus planes se mantenían en secreto, sus intenciones eran impenetrables. Ella había vislumbrado una marca en su dedo. Ahora él pretendía enseñarle la escena del delito. Se encomendaba a la hipertrofia de su memoria eidética para recordar cualquier indicio de lo que había visto u oído en aquellos días. Incluso, aunque lo hubiera percibido una sola vez, y de forma fugaz. En general, los recuerdos eran menos claros y detallados que las percepciones, pero a veces una imagen memorizada en su mente era extrañamente completa en cada detalle.
Sentía aún el calor, la textura, y el aroma impregnado en las sábanas. Reflexionó con angustia durante unos instantes y arrojó la brocha con amarga desesperanza contra el lienzo a medio acabar. Luego se desplomó sobre la butaca y se restregó la cara con pintura. Deslizó sus dedos por los rizos de su cabello. Y presionó con fuerza su sien. Era consciente de que a los cuadros inacabados les esperaba un futuro incierto. Una mujer innombrable, observó la helada oscuridad de la obra. Adivinó la vida enterrada, y el
rastro que escupía la mirada de cristal de su amado, quebrada por dos disparos de hielo, certeros y cegadores. La sangre, inexacta y circular, acariciaba las bellas facciones de su rostro, y derretía la nieve en su caída. Sus labios musitaron una plegaria. Deseó que el cielo derramara leche, y el viento borrará, con un pañuelo azul, las machas rojas.
Escuchó pisadas alejándose en el olvido, y la llamarada del grito de un recién nacido. La memoria blanca delató la huella del crimen: una gota de sangre incandescente en el lienzo. Aquel fenómeno lo acompañaba desde la niñez. En el colegio, con frecuencia, era capaz de reconstruir una imagen de forma tan completa que incluso podía llegar a deletrear una página entera escrita en un idioma desconocido que apenas había visto durante unos momentos.
Los que tenían memoria eidética, como él, eran capaces de rebobinar los datos de sus percepciones visuales mediante sus recuerdos, y proyectarlos sobre la pantalla de un lienzo. Descubrió en el extremo del cuadro una inscripción. Soñó con aquel Kandinsky envuelto en un plástico que devorarían sus celos. Una mujer innombrable volaba hacia un tiempo en dónde el eco olvidó su nombre.
Una gota de sangre en la nieve.
Autor: Javier Hernández Velázquez.
Copyright.
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